Hace cerca de cincuenta años, una noche cualquiera en Santo Domingo, mi hermano Diomedes y yo salimos al cine. Éramos jóvenes entonces, quizás no tan conscientes del peso de las imágenes que íbamos a ver, pero sí sabíamos que algo importante se proyectaba en la gran pantalla. La película se llamaba Morir en Madrid.
La capital era otra en esos tiempos, pero el murmullo de las calles, el olor del café colado por las esquinas, y el calor que pegaba en la piel, eran los mismos de ahora. Caminamos juntos, sin mucha prisa, como si supiéramos que el cine no era solo un escape, sino un umbral hacia otro mundo.
Morir en Madrid nos llevó de la mano a la Guerra Civil Española. A través de imágenes de archivo, de rostros jóvenes y viejos, de pólvora y banderas, de derrotas y esperanzas, la película narraba una tragedia que no era nuestra, pero que de algún modo sentíamos cercana.
Y entonces, entre escenas de lucha y exilios, apareció la voz del poeta Miguel de Unamuno. Hablaba de otro poeta, uno que no sobrevivió a aquella guerra: Federico García Lorca. Fue allí, en la penumbra de la sala, que escuché por primera vez aquel verso que aún me resuena en el pecho: Verde que te quiero verde.
No sé si Diomedes sintió lo mismo que yo en ese momento, pero recuerdo su silencio. Era el silencio de quien comprende sin decirlo, de quien guarda en el alma las palabras que no necesita pronunciar.
Hoy, al evocar esa escena, no solo recuerdo la película. Recuerdo la complicidad con mi hermano, la emoción de descubrir la poesía en un contexto de dolor, la certeza de que el arte puede hermanar, conmover y despertar memorias que el tiempo no borra.
Porque no fue solo una noche de cine. Fue un encuentro con la historia, con la poesía, y con mi propio corazón joven, al lado de Diomedes, bajo la sombra verde de un verso que todavía me acompaña.

