Macaria Méndez era una joven de 19 años, con cabellos castaños como la tierra fértil y ojos tan brillantes como el amanecer. Vivía en una casona antigua en un pequeño pueblo, rodeada del peso de las expectativas familiares. Su madre, Doña Eulalia, era una mujer severa y de carácter férreo que cargaba con la responsabilidad de mantener la dignidad de su linaje a pesar de los apuros económicos.

La historia de Macaria Méndez
Desde hacía meses, la familia Méndez enfrentaba una amenaza de embargo. Las deudas acumuladas por malas cosechas y la enfermedad del padre, ahora fallecido, dejaron a Doña Eulalia en una situación desesperada. Pero, a pesar de todo, Macaria había encontrado una chispa de felicidad en los brazos de Luis Alberto, un joven soldado del pueblo.
Luis Alberto no tenía grandes riquezas, pero era honesto, valiente y la hacía reír. Sus paseos al atardecer, las promesas de un futuro lleno de amor y esfuerzo, eran todo lo que Macaria deseaba. Sin embargo, su amor pronto fue puesto a prueba.
Una tarde, Doña Eulalia llamó a su hija al salón principal. Allí, con un rostro severo pero determinado, le anunció:
—Macaria, he tomado una decisión que no puedes rechazar. Te casarás con Don Fernando Alcázar.
El nombre de Don Fernando resonó como un trueno en el corazón de Macaria. Él era un hombre rico, influyente, pero también frío y calculador. Macaria intentó resistirse, rogó a su madre, pero Eulalia fue implacable.
—Este matrimonio es nuestra única salvación. Con Don Fernando aseguraremos la casa, nuestras tierras, y la dignidad de nuestra familia.
Macaria no pudo dormir esa noche. Sabía que su madre veía en Fernando una solución, pero para ella, era una condena. Al día siguiente, entre lágrimas, se despidió de Luis Alberto.
—Luis, no puedo desobedecer a mi madre. Mi familia depende de esto.
—Macaria, no tienes que hacer esto. ¡Podemos huir juntos! —exclamó él desesperado, sujetando sus manos.
Pero Macaria, con el corazón roto, negó con la cabeza.
—No podría cargar con el peso de ver a mi madre perderlo todo.
El día de la boda llegó. Macaria lucía hermosa en su vestido blanco, pero sus ojos estaban apagados. En la iglesia, mientras Don Fernando la esperaba en el altar, Macaria sentía que su vida, su libertad y su amor se esfumaban. Sin embargo, algo inesperado ocurrió.
Cuando el sacerdote preguntó si alguien tenía objeciones, se escuchó un fuerte grito desde la entrada.
—¡Yo me opongo! —era Luis Alberto.
El murmullo se apoderó de los presentes. Luis, vestido con su uniforme de soldado, avanzó decidido hacia el altar. Se dirigió a Don Fernando con valentía.
—Macaria no merece un matrimonio sin amor. Si tiene que sacrificar su felicidad por su familia, estoy dispuesto a ayudarla a salir adelante. Pero no dejaré que sea prisionera de un acuerdo que la destruirá.
Doña Eulalia se puso de pie, furiosa.
—¡Esto es un insulto! ¿Cómo te atreves, Luis Alberto?
Pero algo en las palabras del joven conmovió a Don Fernando. El hombre, aunque frío, entendió que no podía construir un matrimonio basado en el dolor de una mujer. Con voz grave pero sincera, habló:
—Si Macaria no quiere casarse conmigo, no la obligaré. Prefiero tener un trato con usted, Doña Eulalia, para salvar su patrimonio, pero sin destruir el alma de su hija.
Macaria no podía creer lo que escuchaba. Al final, su madre aceptó la propuesta de Don Fernando, quien compró parte de las tierras para garantizar el futuro de la familia. Macaria y Luis Alberto no tuvieron que huir. Pudieron quedarse en el pueblo, construyendo juntos una vida sencilla pero llena de amor y esperanza.
Doña Eulalia, aunque al principio se mostró distante, con el tiempo entendió que la felicidad de su hija era el verdadero tesoro de la familia. Y así, Macaria Méndez pudo escribir su propia historia, no como prisionera de un destino impuesto, sino como dueña de su corazón.
Tomado del Facebook de Manuel Aban
Créditos Manuel Eligió Abán Vázquez

