Fragmento de la novela la mañosa de Juan Bosch

JUAN BOSCH

Orábamos en la habitación de mamá, que en el primer nudo negro de la noche se llenaba de sombras. Se veían colgando de los rincones, pegados al techo. Haciendo esquina, una tablilla soportaba una desteñida imagen de San Antonio de Padua, calvo y humilde, con el rostro envuelto en inexplicable ternura, la cabeza ladeada y un rollizo niño a su lado.

San Antonio, según mamá, hacía incontados milagros. Le encendíamos una hedionda vela de cera negra, se la poníamos enfrente, y aquella lengua de luz que se gastaba en humo denso, llenaba de resplandores rosados los más lejanos trozos de pared. El santo parecía llenarse de rubor, y la Mamita le lamía la calva con enfermizo placer.

A menudo me sorprendía a mí mismo alejado de la oración, de los santos, de la tierra: me mecía en una especie de vacío total, embriagado levemente por aquella lucecita temblorosa que daba tumbos a cada empujón del viento húmedo y rendijero, que parecía quemar las mejillas de Pepito y alumbraba los ojos oscuros de mamá.

Era tal el silencio que a veces nos rodeaba, que las cuentas del rosario, golpeando entre los dedos de mamá, sonaban como piedras lanzadas en madera. Madre abría los labios y los juntaba tan de prisa que podíamos seguir su movimiento; pero ni un murmullo salía de ellos; era la oración sepulta y sincera, en la que los labios intervenían tan sólo por la costumbre de modular la palabra.

Al terminar ensayábamos un suspiro. Pepito y yo nos limpiábamos las rodillas, endurecidas ya, y mamá se estrujaba con la diestra la cenizosa cara, mientras sujetaba el rosario con la otra. Entonces empezaba con voz susurrante alguna vieja historia, de las muchas que aprendió del abuelo.

Salíamos después de la habitación para registrar las puertas, los rincones distantes y debajo de las camas y catres. Hablábamos un poco de papá; deducíamos dónde estaría, ella refiriéndose a todo el camino, yo desde el Bonao hasta El Pino, que era el único trecho que conocía, y Pepito de Jima a casa. Después nos acostábamos. Hasta cerca de los primeros plomos del sueño seguía yo arropado por aquella sensación de liviandad y de silencio que me producía el rezo.

Cuando papá no estaba en casa y el ala de madre tenía que cubrirnos sin ayuda, se le limaban a mamá aquellos filos cortantes que tenía en la cara y en los ojos. Se hacía dulce, amable, silenciosa. Irradiaba un suave calor en la mesa, en la cocina; en todos aquellos sitios que la conocían agresiva. Le gustaba echar maíz a las gallinas, de madrugada, y hacer historias encantadoras. Por los días del último viaje de papá se mantenía arrebujada en una frazada gris, medio deshilachada y fuera de uso, porque la lluvia sembraba el frío en la tierra y al amanecer venía el viento cargado de agua, empujado desde los cerros azules que levantaban nuestro potrero.

Las mujeres del lugar nos visitaban con más frecuencia; lentas y tímidas, se metían en la cocina y allí hablaban de cosas vagas.

Pepito y yo teníamos las cortas horas de sol en nuestros pies; correteábamos por el camino, nos íbamos a Jagüey, apedreábamos los nidos. Un día, a la hora de la comida, nos dijo mamá que no debíamos salir de la casa o del patio. Por la mañana había estado bastante gente entrando y saliendo. Dejaban caer palabras espesas e inaudibles; comentaban algo entre lentitudes y gestos importantes. Todo aquello lo veíamos Pepito y yo, pero cada uno se esforzaba en no oír y en no comentar.

Tras su recomendación, madre se quedó mirando el cielo sucio. Después lamentó:
—Y Pepe tan lejos…
Pepito alargó el pescuezo y preguntó de improviso:
—¿La revolución, mamá?
—Sí, hijo; están matándose otra vez; pero no se puede hablar de ello.

Madre calló, y un silencio embarazoso se dejó caer muerto sobre la blanca y sencilla mesa.
En la noche fue Dimas a casa. Era hombre bajito y fuerte; encanecido, peludo y de mucha barba. Tenía un vago aire patriarcal y cuanto hablaba interesaba. Nos gustaba por sus cuentos, llenos todos de un recio sabor de aventura, pintorescos y detallados.

Se sentó en la peor de nuestras sillas, escupió a un lado, extrajo el cachimbo y lo fue llenando lentamente de tabaco. Después me llamó, con una voz peculiar de hombre sufrido, y me dijo que le buscara lumbre.
Cuando mamá llegó se destocó haciendo una reverencia rural que trascendía nobleza y sinceridad. A seguidas subió los pies descalzos en los travesaños de la silla, y preguntó:
—¿Cuándo cree usté que vendrá don Pepe?
Mamá dijo que no sabía y se sujetó ambas sienes con fuerza, lo que indicaba que estaba preocupada. Inesperadamente, Dimas explicó:
—En el pueblo rompió la cosa ya, doña. Yo creo que para allá —y señaló la dirección en que estaba padre— debe estar la cosa fea.

A mamá se le estiró la cara de tristeza.
—Me lo dijeron desde esta mañana, y eso me tiene mortificada, Dimas.
—¿Por don Pepe? No se apure, doña, a ese nadie le hace un daño.
—Es verdad, pero…
Dimas chupó su cachimbo y se quedó mirándola, mirándola con estúpida fijeza. A poco se puso de pie y se arrimó a la puerta.

—La noche está cerrada —dijo.
Mamá contestó moviendo la cabeza. Un airecillo hacía remolinos junto a la lámpara.
—Será que va a llover —apuntó madre al rato.
Dimas confirmó:
—Esos aguaceros no tienen fin, doña.

Callaron ambos. Un silencio absoluto comenzó a estirarse entre ellos. Pepito y yo esperábamos no sabíamos qué para pedirle a Dimas que contara algo; pero el viejo se incorporó de pronto, caminó hasta un rincón, y con la misma actitud y el mismo tono de voz que si hubiera estado hablándole a otra persona y no a mamá, dijo:
—Los muchachos taban en el pueblo con una recuita de Morillo, y el gobierno los reclutó ayer.
Madre se movió igual que si la hubiera picado un bicho.
—¿Cómo? —preguntó azorada.
Se veía que quería hacer otro comentario más vivo, que aquella noticia la había herido; pero la actitud conforme de Dimas mataba el comentario antes de que naciera.


—Sí —remachó él acercándose a nosotros—. Dios quiera que salgan bien de ese lío.
Yo, sentía su olor de tierra, de sudor, de esterilla de mulo. Él se volvió:
—Vea, doña, a los santos les ruego que vuelvan vivos, porque yo toy muy orgulloso de esos muchachos… Ni juegan, ni beben ni jaraganean.


Madre comentó, apenada:
—Sí, Dimas; récele a San Antonio para que se los devuelva.
El viejo tornó a acercarse a la puerta.
—Ojalá que don Pepe viniera pronto, para que usté se tranquilice —dijo quitándole importancia a su dolor.

Madre se acercó también; sacó la cabeza y miró hacia el este, esperando.
—Ojalá… —aprobó.
El viejo mascó su dolor, se quedó a solas con él, silencioso, huraño. Al rato dijo adiós y se perdió en la oscuridad, camino de su bohío.

Juan Bosch
(La Vega, Rep. Dominicana, 1909 – Santo Domingo, 2001)

La Mañosa
(1936)

Palabras del autor para la tercera edición

       «La Mañosa» fue escrita en el año 1935, pero su tema se remonta a una época anterior. Por una de esas contradicciones inherentes a la naturaleza de las tiranías, dejó de leerse en Santo Domingo durante un cuarto de siglo a pesar de que un libro sobre los desórdenes armados que se llamaban en nuestro país revoluciones no debía considerarse peligroso para el régimen, sino todo lo contrario.

  Sin embargo «La Mañosa» no fue escrita para poner de relieve una situación política, correspondiera o no al presente o al pasado de nuestra convulsa sociedad. «La Mañosa» fue escrita con un propósito estrictamente literario. «La Mañosa» obedeció al plan de elaborar una novela en la que no hubiera un personaje central ni caracteres de carne y hueso que pudieran atraer la atención del lector y «robarse» el libro. En «La Mañosa» no debía haber ni siquiera un tema desenvuelto con los requerimientos normales de intriga, la habitual lucha del «bueno» y del «malo» que tanto atrae a los lectores, la presencia de la mujer cuyo amor es el premio ofrecido al «bueno» como recompensa por sus trabajos y por el heroísmo con que se enfrenta al malvado de la trama.

En «La Mañosa», según el plan que me hice, debía haber un «personaje» central, y sería la guerra civil; y todos los seres vivos que desfilaran por las páginas del libro, sin exceptuar la mula que le daría nombre, deberían ser, en un sentido o en otro, víctimas de ese personaje central. El mismo jefe del movimiento armado, Fello Macario, sería otra víctima de la fuerza que había desatado, puesto que su imagen de combatiente leal a ciertos principios debería quedar destruida al final.

Sólo en ese sentido «La Mañosa» sería política, puesto que las continuas revueltas armadas causaron tantos males al país que contribuyeron a impedir su desarrollo. En una forma o en otra,’ todos los dominicanos sufrieron las consecuencias de esas contiendas personalistas planteadas y resueltas a balazos.

Frente a un plan literario como el que he resumido en lo que va dicho, quedaba por resolver un aspecto importante; el de la forma. Si lo que me proponía era presentar los efectos de nuestras mal llamadas revoluciones en todos los sectores de la sociedad dominicana, ¿cómo hacerlo? La solución era describir esos efectos, no la «revolución» en sí misma. Eso es lo que explica el escenario de la novela, la casa en el camino real, por donde debían pasar los hombres y las mujeres que circulan por las páginas de la obra; la situación de esa casa familiar en un campo, donde necesariamente tenía que ser el centro de atracción de los vecinos.

«La Mañosa» no es una novela autobiográfica, pero hay en ella muchos detalles autobiográficos: los nombres del padre, de la madre, de los dos niños y de José Veras son auténticos; José Veras fue como se dice en el libro; la casa existió en El Pino, y en esa casa fue curado José Veras de la herida de machete que le infirieron en el cuello dos hermanos que le persiguieron por fechorías antiguas de José; papá tuvo negocio de recuas y su mula de silla fue robada por un cuatrero de los lados de Bonao. Con esos datos se agota lo que hay de autobiográfico en la novela.

«La Mañosa» fue un título simbólico. La mula de silla de papá se llamó La Melada. En la obra se llama La Mañosa porque nuestras llamadas revoluciones de aquellos tiempos eran una maña nacional, la versión tumultuosa y populachera y sangrienta de lo que después de 1930 serían los ya clásicos golpes de estado latinoamericanos.

La novela es un género que en su aspecto formal comenzó a evolucionar en Europa después de la primera guerra mundial y ha seguido evolucionando tanto que ya hoy ha abandonado del todo los viejos moldes que le dieron los maestros del siglo XIX. «La Mañosa» fue un esfuerzo juvenil en ese camino de novedades; un camino que dejé abandonado cuando los infortunios dominicanos me forzaron a dedicar mi limitada capacidad de escritor a la lucha política.

Esto quería decir en la oportunidad que me ofrece una tercera edición de «La Mañosa».
Santo Domingo,
12 de agosto de 1966.

J. B.