Hostos y Luperón Unidos por un mismo ideal.

Hoy queremos recordar y honrar a esos dos ilustres próceres antillanos Eugenio María de Hostos y Gregorio Luperón en el 185 aniversario del nacimiento de ambos; en 1839, el uno en la isla de Puerto Rico y el otro en la de Santo Domingo. El puertorriqueño nació en los albores del año, el 11 de enero, y el dominicano en sus postrimerías, el 8 de septiembre.

Óleo de Luperón y Hostos pintado por el artista plástico dominicano Miguel Núñez
Hostos

Hoy queremos recordar y honrar a esos dos ilustres próceres antillanos Eugenio María de Hostos y Gregorio Luperón en el 185 aniversario del nacimiento de ambos; en 1839, el uno en la isla de Puerto Rico y el otro en la de Santo Domingo. El puertorriqueño nació en los albores del año, el 11 de enero, y el dominicano en sus postrimerías, el 8 de septiembre.

La amistad, el cariño y el afecto que se profesaron Hostos y Luperón no tienen parangón en la historia de los libertadores de nuestra América y el Caribe; solo es comparable con la profunda amistad infinita que se prodigaron dos grandes de la historia de la humanidad, Carlos Marx y Federico Engels.

A Luperón y a Hostos es justo que se les recuerde juntos, que unamos sus almas grandes en un solo pensamiento. Razón mayor para ellos es, además, que ambos próceres se amaron, se admiraron y se comprendieron; que ambos, al acercar sus corazones y sus mentes, identificaron sus anhelos para con la Patria dominicana, para con las Antillas y para con América.

«Luperón el guerrero, patriota, estadista, aquel gran Luperón que encarnó el mejor tipo de dirigente dominicano por reunir en su persona un alma templada, una voluntad férrea, una mente idealista, y Hostos con un corazón generoso, pensador lleno de luz, un civilizador, un moralista y ético que tenía por arma para civilizar a la América y el Caribe la educación, la Escuela Hostosiana». (Emilio Rodríguez Demorizi 1939 a propósito del año centenario de ambos próceres antillanitas)

Juan Bosch de Luperon dijo: «Luperón fue un personaje extraordinario y yo diría que el más extraordinario de la historia dominicana; fue el primer dominicano que vio con claridad el peligro que había para la República Dominicana en el creciente poderío de los Estados Unidos, pero no solamente es el primer dominicano que lo vio, sino que está entre los primeros luchadores de América Latina que lo vio».


«El primero de todos, desde luego, fue Bolívar, pues si alguien, algún héroe, algún luchador americano, vio el peligro norteamericano, lo vio y se lo callo. Luperón no; Luperón no se lo callo. Luperón era realmente un alma extrovertida, un hombre de acción que veía el peligro y lo proclamaba y se lanzaba inmediatamente a luchar contra él. (…) algunos grandes teóricos de los movimientos revolucionarios han considerado como la más alta expresión de la lucha política, que es la guerra popular, y Luperón era un verdadero gran jefe de la Guerra popular» (Juan Bosch)

.Eugenio María de Hostos fue a la escuela desde temprano, obediente a su destino de civilizador; el hijo de Quisqueya, pasado apenas por las aulas, se fue a los rudos cortes de madera, en los feraces campos de Puerto Plata, fiel a su predestinación de soldado. Mientras Hostos se adiestraba en las lides del pensamiento, Luperón blandía el hacha, que es también una espada.

En 1857, cuando Hostos principia en la Universidad de Madrid sus estudios de Derecho, Luperón se inicia en la política en la jefatura del Puesto Cantonal de Yásica, donde, sin conocer rudimentos de aquella ciencia, y sin necesitarlo, «a veces imparte justicia por su propio brazo y se habitúa a hacer del derecho una deidad sagrada e inviolable». (E.R.D.)

En 1861 Luperón se niega a firmar el acta de anexión de la República a España, y por ello se ve obligado a emigrar a Cabo Haitiano, New York, México, Jamaica. Esa peregrinación no la emprende Hostos sino más tarde, en parecidas circunstancias, después de haber roto con España.

De 1863 a 1865, Luperón es de los primeros paladines de la guerra restauradora, contra la Madre Patria. En esos mismos años, Hostos, en Madrid, se hace activo propagandista de la libertad. Cada uno lucha con sus armas. Hostos escribe, en España contra España. Luperón guerrea en Santo Domingo contra la misma España.

Ambos pudieron decir entonces como dijera Hostos, refiriéndose a los sucesos estudiantiles de la noche de San Daniel, en la Villa y Corte de Madrid: “cuando comencé mi carrera política, la comencé por un acto de valor cívico”. Poco después, el 20 de diciembre, Hostos promulgaba en el Ateneo de Madrid su memorable discurso contra el régimen colonial de España en América.

Para entonces tomaba cuerpo, el ideal de Confederación de las Antillas, propugnado por Hostos y Luperón, sin que hubiese todavía ninguna relación directa entre ellos. Pero el destino iba acercándolos cada día más, por esa milagrosa fuerza de cohesión del ideal. Decía el profesor Juan Bosch «No hay cosa cosa que una mas a las personas que tener identidad de propósitos, tener las mismas ideas»

Falta, a veces, en muchas vidas, para crecer y para magnificarse, el contacto con otras vidas. Betances sin Luperón habría sido el errante agitador de siempre, perdido tras una fuerza centrípeta que organizara sus acciones, sin un sólo momento de reposo. Sin Luperón, en la vida de Hostos habría faltado algo esencial: la contemplación directa del hombre que él busca para darle forma a sus ansias de civilización y libertad en las Antillas. Igualmente, Luperón necesitó de ambos, de Betances y de Hostos, para hacer más perfecta su transmutación de soldado en estadista, de hombre de armas en hombre de pensamiento. Eran hombres diferentes, como dijera Hostos de Duarte y de Sánchez, pero eran hombres que se completaban.

El año de 1870 es el de las primeras luchas de Hostos por la libertad dominicana; y es también el año de más angustiosa actividad de Luperón.
Cuando el Presidente Báez quiere pasar de la torpeza a la anexión a España al criminal error de la sumisión a los Estados Unidos de Norte América, Hostos está en New York y allí mismo combate el nefasto proyecto y su voz alienta a los patriotas que luchan denodadamente por salvar la República.

Mientras tanto, Luperón, arma al brazo, en el destierro o en los ensangrentados campos de la patria, lucha contra Báez y se lanza tenazmente a la realización de sus designios. Así, por igual, Hostos y Luperón se convierten en próceres de la misma patriótica cruzada.

A fines de 1870 Hostos inicia su peregrinación por Sur América. La revolución de Puerto Rico, nuevamente fraguada, había sufrido un grave colapso con la fatal odisea de Luperón en el vapor EL TELEGRAFO, a la que Hostos alude en uno de los primeros escritos en que habla de su futuro amigo:
“… Se habían comprado cinco mil fusiles, seis cañones y parte de EL TELEGRAFO. El director de la revolución, Betances, no ha querido nunca llevarla por sí mismo a Puerto Rico, y contando con el auxilio de los dominicanos, se decidió fácilmente a socorrer a Cabral y a Luperón, abandonándoles los cinco mil fusiles, que cayeron en poder de Báez, y su parte en EL TELEGRAFO, que cayó en poder de las autoridades danesas de Saint Thomas”.

Cuando Hostos regresa a New York, en 1874, la guerra de Cuba está en sus más álgidos momentos. En Santo Domingo el Presidente Báez ha sido derrocado, y «los dominicanos tienen ya plena conciencia de su nacionalidad» (Pedro Henríquez. Ureña). Mientras Hostos toma parte en la frustrada expedición del General Aguilera, hacia los ardidos campos de la isla hermana, Luperón, en Puerto Plata, se erige en decidido protector de los soldados de la emigración, cubanos y puertorriqueños que habían formado allí animada colonia de trabajadores y patriotas.

A principios de 1875, tras la tentativa de expedición a Cuba, Hostos no sabe hacia dónde dirigirse. Por fin, decide encaminarse a la «Quisqueya brava e indómita» Su previsor espíritu, sus claros ojos veían en esta parte de la Isla, indudablemente el único punto de apoyo en que podía afirmarse su pensamiento político: la libertad de Cuba y Puerto Rico, la anhelada Confederación de las Antillas. Algo más le atrae. Le llaman los cubanos y puertorriqueños de Puerto Plata, y los dominicanos que les protegen. Entre esas voces no faltará, seguramente, la de Gregorio Luperón.

El infatigable peregrino toma su bordón hacia Santo Domingo. Va a luchar, va a ganarse allí “algunos de los mejores amigos de su vida”; va a vivir sus más tremendos días de periodista; a contemplar de cerca una revolución y a mezclarse en ella, pero también a iniciarse en la profesión del magisterio; va a presenciar un espectáculo grandioso: la ascensión de Espaillat a la Presidencia de la República, por virtud del derecho triunfante, sin el estruendo ni el horror de las armas; y va, finalmente, a conocer a Luperón.

En un hermoso y apaciguado día, un 30 de mayo de 1875, con la mar atlántica calmada y serena, el vapor americano TYBEE echó sus anclas al mar de Puerto Plata. Por primera vez Eugenio María de Hostos pisaba tierra dominicana. Una y otra vez la dejaría, antes de reposar en ella eternamente.

Desde antes de la caída del Presidente Báez, en 1873, Puerto Plata ofrecía la impresión de un vasto campamento de patriotas y trabajadores. Cubanos y puertorriqueños, emigrados de su país por nobles pecados de patriotismo. Allá se encontraron Hostos y Betances.

Tras el abrazo a su ilustre compatriota, la visita a Luperón, que Hostos recordará años después:
“Confieso que no dejó de parecerme extraordinario el encontrarme detrás del mostrador de una mercería al hombre que en la guerra nacional y en la civil había deslumbrado tantas fantasías. Pero allí, y así, lo conocí en 1875, puesto en contacto con él por su maestro, guía y amigo, el noble y primer ciudadano de Puerto Rico, el siempre desterrado Doctor Betances”.


Desde entonces, hasta su salida de Puerto Plata, Hostos está en comunicación constante con Luperón. Se auxilian mutuamente; el pensador le sirve de secretario al guerrero y fraternizan de tal modo, que éste le llama “amigo de corazón y hermano”. Hostos, en cambio, y muchos de sus compatriotas, ven en el insigne soldado al esperado Máximo Gómez de Puerto Rico.

La llegada de Hostos fue un acontecimiento en aquella sociedad en que se debatían, por medio de la prensa y la tribuna, con desusado ardor, los intereses más opuestos: los luperonistas contra los baecistas; y cubanos, puertorriqueños y dominicanos, contra el régimen colonial de España en las Antillas.
El recién llegado disfrutó de pocos días de descanso. Asumió muy pronto la redacción de LAS DOS ANTILLAS, periódico semanal “exclusivamente dedicado a la defensa y propaganda de los intereses políticos de Cuba y Puerto Rico”, que acababa de ser creado, el 3 de abril de 1875, bajo la dirección del puertorriqueño Enrique Coronado. En él colaboraba, a veces, Gregorio Luperón.


La campaña periodística reanudada por Hostos sufrió graves inconvenientes y tropiezos. Sus artículos, así como las actividades políticas de los emigrados, eran constante motivo de protesta de los representantes de España. Hostos se constituyó entonces en el más activo de sus resueltos defensores. En esa lucha, que fue creando en aquel ambiente una situación política adversa al Presidente González, Luperón aparecía del lado de Hostos.

En esos días el Gobierno resolvió la expulsión de los cubanos y puertorriqueños residentes en Puerto Plata. Luperón se opuso tenazmente a esa medida, e hizo, como dice él mismo, un llamamiento a todas las sociedades que existían en Puerto Plata, y éstas le dieron su firme apoyo para impedir aquel horrible crimen de un Gobierno infame.

Esa actitud de Luperón contribuyó a que fuese considerado como enemigo del Gobierno, que ya veía alzarse ante sí la vigorosa oposición, esta vez armada de doctrinas, que logró abatirlo. Pero antes de ello tendrían lugar sucesos extraordinarios vividos igualmente por Hostos y Luperón.

El 23 de enero de 1876 es un día memorable en la historia de Puerto Plata. Un grupo de soldados, portador de siniestras órdenes, se acerca al hogar de Luperón. Va a hacer preso a quien jamás conoció “la pesadumbre de las prisiones”. Luperón rechaza la orden arbitraria y convierte su casa en un reducto inexpugnable. Desde el balcón, a tiro de fusil, dispersa la soldadesca. El pueblo, el Municipio, el Cuerpo Consular, los emigrados, acuden en auxilio de Luperón.

Entre ellos está Hostos, que luego se complacerá en recordar el singular suceso:
“Desde su casa y acompañado por un corto número de amigos se defendía tan denodadamente, que no sólo rechazó con buen éxito la fuerza armada que intentó penetrar en su hogar, sino que armó a sus parciales de la ciudad y del contorno y después se organizaron en cantón en las inmediaciones de Puerto Plata. La chispa que allá y en Santiago inflamó el ánimo de los pocos que deseaban fundar gobiernos de derecho y de los muchachos que buscaban lo que nunca los descontentos o los ambiciosos en la revueltas civiles, concluyó por producir una revolución victoriosa”.

El insólito atentado y la audacia de Luperón tuvieron eco resonante por toda la República. En Santiago, Ulises Francisco Espaillat, Máximo y Maximiliano Grullón y otros prestantes ciudadanos, protestaron del hecho en una altiva exposición dirigida, el 25 de enero de 1876, al Gobernador de Puerto Plata… Dos días después se inició en Santiago la llamada Revolución de Enero, según Hostos “único movimiento de doctrinas, única lucha de ideas que se ha sostenido en el país”.

En tan graves momentos, Hostos está de tal manera ligado a Luperón, que es él quien redacta, el 28 de enero, el escrito en el que éste agradece la protesta de Santiago. Es la voz de Hostos y de Luperón al mismo tiempo, que se extiende por toda la República, en uno de los más altos documentos de nuestra historia política. Escrito por Hostos, no había de silenciar su idea, el ideal antillanista. No hace falta en él la firma de Hostos como no haría falta en el Manifiesto de Monte Cristi la firma de Martí.

En uno de sus más salientes párrafos decía:
Mientras se desenvolvía el incruento proceso de la Revolución de Enero, el 5 de marzo abría sus puertas la Sociedad-Escuela La Educadora, fundada por Hostos con el entusiasta y liberal concurso de Luperón, en una casa de éste, en la que funcionaba la benemérita Sociedad Liga de la Paz, rama de la creada en Santiago por el educacionista y prócer domínico-cubano Manuel de Jesús de Peña y Reynoso.


En La Educadora, primera escuela dominicana de carácter esencialmente doctrinario, el soldado restaurador y el peregrino de Borinquén. Se iniciaron en las nobles actividades del magisterio, en las altas enseñanzas de las doctrinas democráticas, del conocimiento de las constituciones americanas y particularmente de la dominicana, y en la difusión del “pensamiento moral o social dirigido a armonizar los intereses generales de las tres Antillas hermanas”.

Hostos, Luperón, Fernández de Arcila, García Copely, eran los profesores. Junto a Luperón, Hostos se convirtió en maestro, no en soldado; y el soldado se hizo aún más civilista. El feliz contagio los beneficiaba a ambos, pero Luperón quizás se aprovechara más de ello. Hostos no dejó de ser un pensador, cada día más fiel a ese destino. Luperón fue más dúctil a la necesaria evolución que debía resultar de esa alianza.

Puede decirse que dejó de ser un soldado desde entonces y fue un pensador político, un propagandista de doctrinas republicanas, un campeón civil de la libertad y del derecho. Producto de esas tendencias de su espíritu fue su obra NOTAS AUTOBIOGRAFICAS Y APUNTES HISTÓRICOS

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Más que la relación de sus hechos heroicos, de su legendaria vida de soldado, esa obra contiene la doctrina de Luperón, la exposición de sus ideas políticas y de su acendrado nacionalismo, no exento de encendidas pasiones. En ese nacionalismo de primer orden no podrán señalarse mayores influencias de Hostos, porque esta era una virtud ingénita en Luperón, pero sí en su antillanismo, pues en contacto con el Apóstol ningún elevado espíritu pudo sustraerse a las irradiaciones del ideal que le obsedía con tan vivo ardimiento.

En La Educadora, las relaciones entre Hostos y Luperón se hacen cada vez más íntimas. En la escuela, en el hogar, en las actividades públicas, siempre aparecen juntos, no obstante la situación política de Luperón, considerado como Jefe de la oposición al Gobierno de González, ya en sus postrimerías.

Hostos consideró calumniosas esas imputaciones y las rechazó valientemente en su artículo “Confesiones de un culpable”, publicado el 5 de marzo en EL PORVENIR, de Puerto Plata. En su vigorosa defensa de la actitud de la emigración cubana en aquellos momentos, hay también una velada defensa de la actitud de Luperón y una arrogante declaración de su adhesión al soldado.

En ese escrito declaraba:

“Si alguno, si muchos, si todos los proscritos de Cuba y Puerto Rico han deseado ardientemente que nuestro amigo el General Luperón saliera ileso de los ataques de que fuera víctima, y se han atrevido a desear para Santo Domingo el bien que para Cuba y Puerto Rico deseamos, no es pagar con infracciones de una ley escrita el hospedaje que debemos y agradecemos; es, al contrario, acatar una ley natural que nos compete a hacer ante nuestros hermanos y con ellos lo que quisimos ser en nuestro propio suelo”.

Y más adelante agrega que se complace en considerar como bueno entre los buenos a todo aquel que teniendo por patria la libertad, en cualquier parte ejercita ese augusto patriotismo… Que haya habido un puertorriqueño decidido a ser útil en estos momentos, como en cualquier momento, a este país, y que ese puertorriqueño sea yo, no lo he ocultado, no lo oculto, no lo ocultaré.

La verdad es que Hostos no había sido ni seguía siendo un mero espectador en los sucesos iniciados en enero de 1876, en Puerto Plata, que produjeron la caída de González. Evidencia de esto es que, al renovarse la directiva de la rama puertoplateña de la Liga de la Paz, el 9 de marzo, Luperón fue elegido Presidente de ella y Hostos vocal. Y esa sociedad personificaba, precisamente, la oposición al Gobierno.

Además, Hostos prestaba su personal concurso, en compañía de Luperón, en la Convención Electoral de Puerto Plata, en favor de la candidatura del insigne Ulises Francisco Espaillat para la Presidencia de la República, cuya plataforma fue redactada por Hostos, con toda probabilidad, lo que se deduce en una carta de Espaillat, del 27 de marzo, dirigida a Luperón, a Hostos, a Rodolfo Ovidio Limardo y a otros miembros de la citada Convención, en uno de cuyos documentos, indudablemente escrito por Hostos, hay una advertencia al pueblo dominicano que compendia todo un programa de vida republicana y que Espaillat se complace en repetir: “Que la urna electoral es el único sucesor legítimo y pacífico de las balas».

Domingon.com/La Revista.

Referencia bibliográfica:

Juan Bosch,: Hostos el sembrador

Emilio Rodríguez Demorizi: Opúsculo Hostos y Luperón

Luperón: Notas autobiográficas y apuntes históricos