
Venturas y desventuras de un viaje decisivo
Antecedentes
Cristóbal Colón fue un navegante, cartógrafo y explorador, reconocido por haber descubierto América el 12 de octubre de 1492, y por haber dado paso al primer encuentro entre las civilizaciones europeas y americanas, las conquistas y colonización que cambiaron la historia de la humanidad.
Cristóbal Colón estaba convencido de la esfericidad de la Tierra, por lo que después de su fracaso con el rey Juan II de Portugal, acudió con los reyes católicos de España para presentar su proyecto.
Isabel I de Castilla y Fernando de Aragón accedieron a la firma de las Capitulaciones de Santa Fe en abril 1492, en las que se disponían las exigencias del navegante y accedían a financiar su expedición.
En agosto de 1492, Colón zarpó con 90 hombres en tres carabelas: la Pinta, la Niña y la Santa María. Después de navegar rumbo al oeste durante cinco semanas, la expedición tocó tierra el 12 de octubre.
En este primer viaje Colón y su tripulación también llegaron a Cuba, nombrada como Juana, y a Santo Domingo, a la que llamó La Española. Así, establecieron el fuerte La Navidad, el primer asentamiento español en América.

Tras el descubrimiento de América, Colón llegó a España el 15 de marzo de 1493 y fue recibido por los Reyes Católicos en Barcelona con honores. Sin embargo, este realizó tres viajes más con el fin de explorar el Nuevo Mundo.
Trascendencia de su estancia en Portugal
Hacia 1473 Colón debió abandonar la ciudad de Savona, donde residía su familia, y parece ser que fue entonces cuando empezó a trabajar en el activo comercio genovés, viajando hasta las colonias de esta ciudad en el Mar Egeo -como la isla de Chío-.
Asimismo, algunos investigadores indican que participó en campañas navales al servicio de Renato de Anjou y quizá también bajo el mando del corsario Colombo o Coulon el Viejo -con el que no guardaba ninguna relación familiar.
En 1476, Colón llegó a Portugal, al parecer, de una forma rocambolesca: como superviviente del naufragio en un combate naval entre mercantes y corsarios.
Durante nueve años, hasta 1485, Colón residió en Portugal, donde actuó como agente de la casa Centurione en Madeira y realizó frecuentes viajes, tanto a Génova como a otros destinos, adquiriendo conocimientos marinos y entrando en contacto con diversas fuentes de información.
Sabemos que viajó a Inglaterra; al oeste de Irlanda, donde él mismo dijo que vio a un hombre y a una mujer que habían llegado de Catay por el oeste, cruzando el Atlántico; y quizá llegase hasta Islandia, lo que ha servido para plantear si pudo conocer alguna noticia acerca de los viajes de los vikingos a través del Atlántico Norte.
También frecuentó las rutas portuguesas por la costa occidental de África, visitando San Jorge de Mina, la gran factoría portuguesa en Guinea. Y quizá conociese las Islas Canarias. Ello quiere decir que conocía la Volta da Mina y, por lo tanto, la circulación de los alisios en el Atlántico.
Durante su estancia en Portugal contrajo matrimonio en 1480, en el que cabe destacar dos importantes aspectos:
Su mujer, D.ª Felipa Monis de Perestrello, pertenecía a la clase alta portuguesa de fines del siglo XV. Presumiblemente, sus relaciones personales abrieron a Colón muchas vías para la maduración de su proyecto y, entre ellas, los investigadores sugieren contactos con la Orden de Cristo, que le habrían proporcionado influencias considerables.
Por otro lado, el suegro de Colón, al que no llegó a conocer al haber fallecido antes del matrimonio, tuvo una participación muy directa en la colonización de las islas atlánticas.
Distintos autores afirman que fue fundamental para Colón el hecho de poder consultar la documentación acumulada por el padre de D.ª Felipa: mapas, noticias de viajeros y, sobre todo, referencias a restos recogidos en alta mar, presumiblemente arrastrados por las corrientes marinas desde tierras situadas al oeste de las islas hasta entonces conocidas.
La influencia de su hermano Bartolomé, que, aunque sea olvidada a menudo por la historiografía, tuvo un peso considerable. Sobre Bartolomé Colón se conoce muy poco; únicamente que acabó residiendo en Portugal junto a Colón y que fue su eficaz colaborador en todo momento.
Bartolomé se ganaba la vida elaborando mapas y esferas, como especialista en cosmografía y navegación.
La formación de Colón era autodidacta. El mismo Cristóbal Colón reconocía esa formación autodidacta -nacida de la práctica y del trato con «gente sabia»- en una carta a los Reyes Católicos, al decir que «en la marinería [Dios] me hizo abundoso, de astrología me dio lo que bastaba, y así de geometría y de aritmética»
La historiografía tradicional mantiene que las ideas de Colón se asentaban sobre tres bases teóricas y científicas que integraron las premisas esenciales de su proyecto. Las tres fueron elaboradas en el mundo clásico y, a través de Ptolomeo, se proyectaron con absoluta vigencia dogmática hasta el Renacimiento: La esfericidad de la Tierra, La unicidad del Océano y la subsiguiente posibilidad de atravesarlo navegando hacia Occidente,
Por igual, Las dimensiones atribuidas al globo terráqueo y al grado del círculo terrestre.
Los conocimientos de Colón sobre estas cuestiones no se debían a un estudio sistemático, sino que son de segunda mano y producto de una vinculación directa a lecturas improvisadas, de tal manera que cuando inició su primer viaje, en su cabeza se agitaban una mezcla de error y verdad.
Las lecturas que posiblemente influyeron de forma más directa en sus planteamientos fueron tres; la Biblioteca Colombina conserva ejemplares con múltiples anotaciones marginales (2.125 entre las tres obras) que evidencian una lectura atenta, aunque se discuta su significación.
Il Milione, dictado por Marco Polo, en una edición de 1485. En esta obra, Cristóbal Colón sin duda encontró las referencias geográficas a ese Extremo Oriente en el que pretendía desembarcar tras la travesía del Atlántico, y con ellas esas noticias de las riquezas de los imperios asiáticos con los que tanto deseaban conectar los europeos de la época.
Historia rerum ubique gestarum, de Eneas Silvius Piccolomini -que después sería Pío II-, editado en Venecia en 1477. Imago Mundi, de Petrus Alliacus, publicado en Lovaina en 1480-1483.
Estas dos últimas obras, sobre todo la de Alliacus, compendian los saberes geográficos de los humanistas del siglo XV, en los cuales estaban recogidas las aportaciones de Ptolomeo, Aristóteles, Plinio y demás tratadistas del mundo clásico. Esta parece ser su primera lectura a tenor de las anotaciones marginales.
De hecho, algunos autores sugieren que estas obras sirvieron para mejorar con posterioridad sus planteamientos, al dotarlos de la erudición necesaria, mientras que Juan Gil y Consuelo Varela van más lejos al afirmar que los libros los adquirió -y, por tanto, anotó- después de 1496, al calor de las polémicas suscitadas a raíz de sus viajes.
En estas condiciones, surge de inmediato la cuestión de en quién se basó Colón para establecer la posibilidad de llegar a Asia a través del Atlántico.
Toscanelli hablaba de la viabilidad de una navegación hacia la China por el oeste; un trayecto que se vería aún más facilitado porque podrían realizarse escalas en la mítica isla de Antilia y en Cipango (Japón).
Colón conoció esta documentación -pues reprodujo algunas expresiones de forma casi literal-, bien porque se la remitiese el propio Toscanelli, o la consiguiese en la corte lusitana aprovechando sus contactos, o incluso por conductos menos confesables.
¿Fue realmente una casualidad?
Es una pregunta que distintos autores se han planteado continuamente desde fechas inmediatas al propio descubrimiento.
Ya en La Española corrió el rumor de que Colón no había llegado a esas tierras por casualidad ni por sus conclusiones científicas, sino que disponía de «información privilegiada».
Hay divergencias entre los distintos cronistas que se hacen eco del suceso, pero esencialmente hablan de una nave arrastrada al otro lado del Atlántico por las corrientes y que pudo regresar con grandes dificultades, de forma que quedó un solo superviviente que pudo informar a Colón de la existencia de esas tierras y los rumbos de ida y vuelta.
Fray Bartolomé de Las Casas, por ejemplo, habla del piloto superviviente de esa expedición que llegó a Porto Santo, «el cual, en reconocimiento de la amistad vieja o de aquellas buenas y caritativas obras, viendo que se quería morir [que se iba a morir] describió a Cristóbal Colón todo lo que les había acontecido, y diole los rumbos y caminos que habían llevado y traído, y el paraje donde esta isla [se refiere a La Española] dejaba o había hallado, lo cual todo traía por escrito». Otros cronistas abundan en esa hipótesis, y el Inca Garcilaso llega a identificarlo: Alonso Sánchez de Huelva.
Por tanto, la idea del predescubrimiento de América es tan sugestiva como discutible, y tan difícil de demostrar como de refutar.
Lo único cierto -y según fray Bartolomé de Las Casas- es que Colón «tenía certidumbre de que había de descubrir tierras y gentes, como si en ellas personalmente hubiera estado». Y que «tan cierto iba de descubrir lo que descubrió y de hallar lo que halló, como si dentro de una cámara con su propia llave lo tuviera».
Colón, ya viudo, llegó a Castilla hacia mediados de 1485 con su hijo Diego. Múltiples motivos pudieron causar dicha elección:
Sin duda, influyeron razones de índole familiar, pues en Palos de La Frontera o en Huelva residían algunos de sus cuñados.
Quizá buscase en el monasterio de La Rábida noticias geográficas y apoyo de unos frailes a los que estaba encomendada la labor misional en las Islas Canarias y en la costa occidental africana.
Apuntan que Colon entró con el fraile astrólogo fray Antonio de Marchena, quien tendría un papel fundamental en las posteriores gestiones de Colón, y señalan como posible la relación con un marinero que había participado en el viaje de Teive al oeste del Atlántico; una expedición que quizá pudo avistar las cosas de Terranova.
Tras su primera estancia en Palos, Colón inició sus gestiones ante los Reyes Católicos en Córdoba, donde residía la Corte por su cercanía al frente granadino. Quizá en estos momentos las influencias de los monjes de La Rábida le abrieron determinadas vías, pues el Descubridor pudo entablar contacto con el poderoso confesor de la reina, fray Hernando de Talavera e, incluso, con el cardenal Mendoza.
Pese a que en un primer momento el Consejo desestimó su proyecto, los personajes influyentes que conoció -y, entre ellos, quizá nobles como los duques de Medinaceli y Medinasidonia- le facilitaron una entrevista personal con los Reyes Católicos en Alcalá de Henares, en enero de 1486, y otra, al mes siguiente, en Madrid.
La primera impresión causada por el proyecto colombino no resultó favorable. No obstante, gracias a las gestiones del padre Marchena, los monarcas acordaron nombrar una Junta que examinase la «empresa de Indias».
Tras valorar como inviable el viaje-proyecto, la comisión emitió una resolución contraria a las pretensiones de Colón. Pese a la resolución negativa de la Junta, Colón no se desanimó y volvió a entrevistarse con los Reyes Católicos en Málaga, a finales del verano de 1487. Los resultados del encuentro volvieron a ser negativos.
Los años 1487 y 1488 debieron ser especialmente duros para el descubridor. En el terreno económico su situación fue difícil; aunque recibió esporádicos apoyos económicos, tuvo que vender libros y mapas que él mismo dibujaba.
Allí entró en juego un personaje fundamental: fray Juan Pérez, que había sido confesor de la Reina. Pérez le escribió a la propia Isabel la Católica y ésta convocó a Colón en Santa Fe -lugar en el que se encontraban los monarcas para el definitivo asedio de Granada- y le proporcionó una nueva ayuda económica
Aunque la decisión política estaba tomada, Colón y los monarcas comenzaron las negociaciones de los términos de la expedición. Y éstas se prolongaron durante unos tres meses. Finalmente, todas las pretensiones del marino fueron aceptadas en las Capitulaciones de Santa Fe, firmadas el 17 de abril de 1492 por Juan de Coloma -secretario de los Reyes Católicos, quien actuó en su nombre- y fray Juan Pérez -en representación de Colón-
En primer lugar, se reconoció a Colón el título de Almirante en todas las islas y tierras «que por su mano e industria se descubriran o ganaran», como dice el mismo documento. Sus prerrogativas serían iguales a las del Almirante de Castilla, y las obtendría con carácter hereditario para sus sucesores.
No es un título puramente honorífico sino que era el título de mayor jerarquía dentro de la nobleza castellana, pero también llevaba anejos importantes derechos económicos.
También le correspondió al marino el título de Virrey y Gobernador General de todas las tierras que descubriese, con la facultad de proponer ternas de candidatos a la elección real para cubrir todos los cargos de gobierno que debieran nombrarse en dichas tierras. Todas estas concesiones estaban condicionadas por el éxito de la empresa.
Los preparativos
Entre los documentos expedidos por los Reyes Católicos el 30 de abril de 1492 sobresale una provisión dirigida a los vecinos de Palos de la Frontera, que les ordenaba servir con dos carabelas durante doce meses, en virtud de unas penas impuestas con autoridad.
El costo de la expedición fue estimado en 2.000.000 de maravedíes, más el sueldo de Colón. En contra de la idea popular de que fue sufragado por «las joyas de Isabel la Católica», la mitad de dicho dinero lo prestó el ya citado Luis de Santángel con fondos de la Santa Hermandad, la cuarta parte la aportó el mismo Colón -que los pidió prestados-, y la cantidad restante probablemente la derramaron banqueros y mercaderes italianos residentes en Andalucía.
La provisión del 30 de abril de 1492 fue leída el 23 de mayo de dicho año en la iglesia de San Jorge, en Palos, hecho que se puede considerar como el inicio de la partida de la expedición.
Colón comunicó las órdenes reales que traía para las otras autoridades de los demás puertos del Atlántico andaluz, conminándoles a que le auxiliasen en cuanto fuera menester. De todas formas, ni los ho de Palos de la Frontera, ni los de los demás puertos se mostraron dispuestos a prestarle su colaboración: por el objetivo indeterminado del viaje y por el hecho de que Colón fuese desconocido para los marineros de la zona, lo que hacía que no confiasen en absoluto en él.
En estas condiciones, resultó fundamental la ayuda que le prestaron los hermanos Pinzón, cuya amistad le procuraron los monjes de La Rábida. Los Pinzón eran marinos que habían ganado grandes riquezas y prestigio como comerciantes de salazones -desde los mares del norte hasta Italia-, como corsarios e, incluso, por haber participado en las recientes guerras contra Portugal. Colón también contó con la ayuda de los Niño y los Quintero.
Martín Alonso Pinzón tuvo una intervención tan decisiva tanto en la recluta de hombres como en la de barcos que Colón le prometió que partiría con él las ganancias de la expedición.
Al parecer, fue Martín Alonso Pinzón quien contrató los barcos definitivos, pues él conocía bien las condiciones de los navíos de la región, y es posible que los hubiera tenido a su servicio. La expedición partió con tres barcos, dos carabelas y una nao.
Detalle de las «Capitulaciones de Santa Fe» (17 abril 1492) suscritas entre los Reyes Católicos y Cristóbal Colón donde se establecen los acuerdos sobre la expedición a las Indias. Archivo de la Corona de Aragón.La nao era La Gallega, rebautizada como La Santa María, propiedad de Juan de la Cosa, natural de Santoña, pero vecino del Puerto de Santa María.
La carabela de menor tonelaje era La Santa Clara, rebautizada como La Niña, propiedad de Juan Niño, vecino de Moguer, y la pagaron los vecinos de Palos.
La Pinta era de Cristóbal Quintero, vecino de Palos, y probablemente fue requisada, pues su dueño iba en el viaje «de mala voluntad».
La Santa María tenía una eslora de 29 metros, tres palos, velamen redondo y un tonelaje que Morrison estimó en más de 100 tm. de arqueo -capacidad de carga de 100 toneles-, y que, en cambio, Molinari afirmó que era de 325 tm. Fue comandada directamente por Colón; su contramaestre fue Juan de la Cosa y los pilotos, Sancho Luis de Gama y Bartolomé Roldán.
La Pinta tenía una eslora de 22 metros, tres palos, velamen redondo y la mitad de tonelaje que La Santa María. Fue capitaneada por Martín Alonso Pinzón, el contramaestre fue su hermano Francisco Martín Pinzón y el piloto, Cristóbal García Sarmiento.
La Niña tenía una eslora de 24 metros, desplazaba un tonelaje algo menor que La Pinta. Tenía tres palos con velas latinas, pero fueron cambiadas en la escala de Canarias por otras redondas. Fue mandada por Vicente Yáñez Pinzón, su contramaestre fue Juan Niño y el piloto, tal vez, Pero Alonso Niño.
Según Alicia Gould, partieron 87 tripulantes y otros 9 marinos. No obstante, otros investigadores han elevado la cifra de expedicionarios hasta 120 hombres. En su mayor parte, los tripulantes eran andaluces, de Palos y localidades vecinas, aunque había algunos vascos y hombres de otras procedencias.
También viajaron cuatro penados -un homicida y tres acusados de cohecho. Asimismo, la expedición contó con un médico, un cirujano, un escribano, un intérprete que conocía el árabe y el hebreo; en cambio, no se embarcó ningún sacerdote, lo que ha dado lugar a toda una serie de disquisiciones sobre los objetivos del viaje y la mentalidad de Colón.
Venturas y desventuras de un viaje decisivo
Del primer viaje de Colón se conserva un documento excepcional, el Diario que redactó el propio descubridor, gracias al resumen del mismo que realizó fray Bartolomé de las Casas.
La expedición partió de Palos el 3 de agosto de 1492. Tras oír misa, los tripulantes se trasladaron en botes a las naves, que estaban ancladas en la barra de Saltés, frente a la Punta del Sebo.
Los primeros augurios no fueron demasiado positivos, porque apenas tres días después se desencajó el timón de La Pinta, quizá de forma intencionada. Ello obligó a la expedición a detenerse en las Canarias, islas a las que llegaron el 9 de agosto.
Las reparaciones duraron casi un mes. Mientras tanto, se procedió al cambio del velamen de La Niña. El jueves 6 de septiembre, los expedicionarios partieron desde La Gomera hacia lo desconocido, aunque una calma les obligó a permanecer dos días prácticamente parados frente a las islas.
El 9 de septiembre, favorecidos por los alisios, pusieron proa hacia el oeste, perseguidos por el rumor de que una flotilla portuguesa de tres carabelas los estaba buscando.
El día 17 arribaron a los Sargazos, lo que alimentó las expectativas por llegar pronto a tierra.
La frustración de esta esperanza hizo surgir la inquietud entre los tripulantes. Paradójicamente, el desasosiego derivaba también de la regularidad y la fuerza del viento de popa, pues ello les hizo temer no poder hallar vientos favorables para el viaje de regreso.
Por ello, Colón, tal como escribió en su Diario, celebró durante la travesía la existencia esporádica de vientos contrarios. Asimismo, para tranquilizar a sus marineros, tomó una segunda precaución: con relativa frecuencia se preocupó por comunicar de manera oficial a los tripulantes estimaciones de distancias navegadas menores a las reales, anotando las verdaderas en secreto.
Desde el 25 de septiembre crecieron considerablemente las murmuraciones. Y el 6 de octubre estalló un motín que únicamente pudo ser dominado cuando Martín Alonso Pinzón impuso su firmeza.
La inestabilidad volvió a resurgir, no obstante, cuatro días después, el 10 de octubre; pero entonces, Colón ya había tomado una decisión, que fue fundamental. El mismo día de la revuelta, Martín Alonso Pinzón propuso cambiar el rumbo, pero Colón se negó. Sin embargo, el día siguiente vio algunas bandadas de pájaros y optó por dirigirse hacia el sudoeste.
Y acertó plenamente, pues de no haber variado la ruta, la flota habría ido a parar, bien a la península de Florida (con mucha suerte), o bien al centro mismo del Atlántico, ya que con toda probabilidad la corriente del Golfo les habría desviado de cualquier destino continental.
Después de muchas causalidades, por fin, la noche del 11 al 12 de octubre Colón afirmó haber visto una luz en la lejanía, por lo que ordenó a la tripulación que redoblase su vigilancia e incrementó los premios para el primero que avistase tierra.
Y a las dos de la madrugada, Juan Rodríguez Bermejo, conocido como Rodrigo de Triana, dio la voz de «tierra»: una isla coralina del archipiélago de las Bahamas, que bautizó con el nombre de San Salvador.
Sobre la travesía, cabe plantear que descontando los dos días de calma que estuvieron frente a las Canarias, habría durado 34 días de navegación por mares desconocidos.
El viaje fue relativamente rápido, a una velocidad comparable a la que lograron los convoyes de los siglos XVI y XVII, lo que ha dado lugar a todo tipo de comentarios, alimentando las suposiciones de que Colón conocía lo que estaba haciendo.
De todas formas, al despertar el alba el 12 de octubre, Colón creyó ver el extremo oriental de las tierras descritas por Marco Polo, sin tomar conciencia, como quizá nunca la tomó, de que estaban ante unas costas nunca antes avistadas por europeos.
La idea de un viaje entre Europa y Asia, atravesando el Atlántico, fue una hipótesis manejada ya por los sabios clásicos. Aristóteles, por ejemplo, escribió, después de demostrar la esfericidad de la Tierra, que se podía navegar de las Columnas de Hércules a las tierras del Extremo Oriente en pocos días. Y Séneca hizo alusión en repetidas ocasiones a dicha posibilidad. Por ejemplo, en Medea escribió unas líneas ciertamente proféticas: «Llegará el momento en que las cadenas del Océano caigan a un lado y un vasto continente sea revelado, en que un piloto descubra nuevos mundos y Tule deje de ser el último extremo de la Tierra».
Y en la misma línea, también dejó escrito: «En realidad, ¿qué distancia hay entre las playas extremas de Hispania y las de la India? Poquísimos días de navegación, si sopla para la nave un viento propicio».
La idea de encontrar las Indias atravesando el Atlántico no era nueva. Fue manifestada tanto en la época clásica como en vísperas del proyecto colombino.
Pero el problema en ambos momentos fue el mismo: que alguien quisiese y lograse llevarla a la práctica. Es decir, «los más osados admitían que el viaje a China, rumbo al oeste, podía hacerse, y unos cuantos opinaban que debía hacerse; pero nadie cuidó de intentarlo, hasta que el joven genovés Cristoforo Colombo comenzó a importunar a la gente para que financiara el proyecto».
En la mañana del 12 de octubre de 1492 Colón llevó a la praxis la travesía del Atlántico. El presuntamente genovés, Martín Alonso Pinzón, Vicente Yáñez y el escribano desembarcaron en San Salvador.
Tras esta primera toma de contacto con las tierras del Nuevo Mundo, la expedición se dedicó a explorar la zona. Y a partir del día 14 descubrió cuatro nuevas islas que Colón bautizó con nombres religiosos y políticos: Santa María de la Concepción (actualmente Cayo Rum), la Fernandina (Long), Isabela (Crooked) y Juana (Cuba). Según Morrison, Colón actuó con rectitud lógica y teológica a la hora de las designaciones.
La primera isla recibió el nombre de Cristo; la segunda, el nombre de la madre de Dios en el misterio franciscano de la Inmaculada Concepción; y después fueron honrados el rey Fernando, la reina Isabel y el príncipe heredero Juan.
Colón llegó a Cuba, isla que en un primer momento identificó con la ansiada Cipango. Exploró la costa occidental y envió desde allí una delegación que debía entrevistarse con el Gran Khan, pero que no encontró más que a un cacique local cuya riqueza no satisfizo las expectativas de los españoles. Dicha embajada sí se llevó una gran sorpresa ya que por primera vez los europeos vieron a los indígenas fumar tabaco.
En esos momentos las desavenencias entre Colón y Martín Alonso Pinzón llegaron a su punto culminante. Y el 21 de noviembre este último decidió separarse de aquél, aprovechando las mejores condiciones marineras de La Pinta en comparación con las de La Santa María. Y comenzaron a buscar cada uno por su cuenta los orígenes de ese oro del que habían encontrado indicios tan abundantes como imprecisos.
Primero Martín Alonso Pinzón, y poco después el propio Colón, arribaron a Haití, a la que éste bautizó como La Española. En ella encontraron mayores indicios de oro y algunos caciques con un ceremonial más desarrollado.
Sin embargo, los planes de Colón se vieron profundamente alterados de la noche a la mañana del día de Navidad, por un lamentable accidente. Una falta de atención del piloto de La Santa María propició que la nao encallase y fuese imposible recuperarla.
Los expedicionarios pudieron salvar el cargamento y los materiales de la embarcación. No obstante, como en La Niña no había espacio para los tripulantes de la nao, Colón hubo de tomar una importante decisión: fundó la primera colonia en tierras del Nuevo Mundo, el Fuerte de Navidad, donde quedaron 39 hombres al mando de Diego de Arana.
El 4 de enero de 1493, Colón decidió emprender el viaje de regreso. Dos días después se reencontró con La Pinta, y ambos bandos decidieron unirse de nuevo. Y aunque recibieron noticias de la existencia de nuevas islas y de que a diez días de navegación en canoa desde Jamaica había tierra firme, el marino supuestamente genovés persistió en su intención de volver al Viejo Mundo.
El 16 de enero la expedición emprendió la travesía de vuelta. El regreso fue más difícil que la ida, pero Colón demostró sus expertas cualidades marineras al llevar sus barcos al Mar del Te, en busca de los vientos del oeste, cuya existencia quizá conociera durante su estancia en Portugal o, simplemente, según Morrison, descubriese por causalidad: Colón acertó tomando la mejor ruta de vuelta.
El 12 de febrero las carabelas habían alcanzado el suroeste de Las Azores (aunque desconocían su posición). Entonces, les sobrevino una tremenda tormenta, que capearon con grandísima dificultad y que dos días más tarde provocó que se separaran. La situación debió ser tan desesperada que muchos de los tripulantes, temiendo un fatal desenlace, llegaron a realizar votos de peregrinación si lograban salvarse.
El 18 de febrero, La Niña ancló en la isla de Santa María, en las Azores, lo que propició una serie de problemas con las autoridades locales, que apresaron a algunos hombres.
Superadas estas adversidades, Colón hubo de enfrentarse de nuevo con seis días de tempestad y acabó llegando el 4 de marzo a las cercanías de la Roca de Cintra, frente a Lisboa, ciudad en la que finalmente se vio obligado a entrar.
Allí se entrevistó con Juan II quien, con amenazas y promesas, trató de beneficiarse del descubrimiento. Pero Colón logró superar las presiones del soberano luso, aduciendo su condición de Almirante de Castilla y demostrando que su viaje no había tenido como lugar de destino Guinea, sino que venía del oeste, de las Indias. «Parecía a todos que había ganado la carrera hacia el objetivo tan ambicionado por Portugal».
El 15 de marzo entró en Palos, 32 semanas después de su partida, pocas horas antes de que lo hiciese Martín Alonso Pinzón con La Pinta. El éxito del viaje fue conocido de inmediato a todos los niveles.
Colón informó a los Reyes Católicos en Barcelona, a finales de abril. Isabel y Fernando le confirmaron todos los privilegios admitidos en las Capitulaciones de Santa Fe.
La noticia del viaje se extendió por toda Europa con la impresión de una carta de Colón que lo resumía, reeditada once veces en pocos meses.
Referencia:Biblioteca Virtual «Miguel De Cervantes»
Segundo viaje
Colón planificó un segundo viaje que inició el 25 de septiembre de 1493, partiendo de Cádiz con una flota de 17 navíos y más de mil hombres. Así, en enero de 1494 Colón fundó la primera ciudad llamada La Isabela, se asentó un grupo mayor de españoles, se realizaron nuevas expediciones y predicó la fe católica. En este viaje Colón también desembarcó en isla Guadalupe, isla La Deseada e isla Jamaica.
Tercer viaje
Este viaje con 6 embarcaciones inició el 30 de mayo de 1498, para llegar a la isla Trinidad y tocar tierra firme en la desembocadura del río Orinoco. Colón exploró el golfo de Paria, entre Venezuela y Trinidad, así como las costas de Sudamérica. Sin embargo, a su regreso en 1500 Colón y su hermano Bartolomé fueron encarcelados por órdenes de los Reyes Católicos ante acusaciones de abuso de poder, aunque fue liberado meses después.
Cuarto viaje
El cuarto y último viaje de Colón inició en abril de 1502, con el fin de encontrar el estrecho que le llevaría hasta las tierras de Asia y la India. Tras recorrer Honduras, Nicaragua Costa Rica y Panamá, sus embarcaciones anclaron en isla Jamaica, para regresar a España el 7 de noviembre de 1504, sin riquezas y con diversas enfermedades.
Tras su último viaje al Nuevo Mundo Colón regresó a España en 1500 donde permaneció hasta su muerte en 1506. Cristóbal Colón falleció en Valladolid el 20 de mayo de 1506. Aunque sus restos fueron enterrados inicialmente en el Convento de San Francisco, después fueron trasladados al Monasterio de la Cartuja, en Sevilla
Aunque Colón falleció sin saber que había descubierto un continente llamado América, sus expediciones cambiaron la historia universal y, aunque existen teorías que afirman que no fue el primer explorador europeo en llegar a América, sí fue el primero en trazar una ruta de viaje entre ambos continentes.
Domingo La Revista/domingon.com
