Mis relaciones con Kennedy

Tratar conmigo no era fácil —soy consciente de ello—, porque yo tenía una sensibilidad muy viva para todo lo que pudiera afectar la soberanía dominicana.
Mi pobre país había tenido, desde su primer día de vida republicana, una caterva de líderes políticos que dedicaron su capacidad y sus esfuerzos a buscar una metrópoli a quien entregarle el don de nuestra independencia, y así se explica que nacimos siendo un protectorado de Colombia, en los días de Bolívar, fuimos después territorio de Haití hasta 1844 y a los diecisiete años de República retornamos a ser colonia española —en 1861— por petición nuestra, no por instigación de España; en 1870 hicimos todo lo posible por entregar a Estados Unidos un pedazo del país; a fines del siglo gestionamos de nuevo el protectorado norteamericano.
Yo sufría en carne viva, como una afrenta personal, el espectáculo de tantos hombres sin fe en el destino de su patria.
En mi infancia había visto bajar de los edificios públicos la bandera dominicana para izar en su lugar la de América del Norte, y nadie podrá nunca imaginarse lo que eso significó para mi almita de siete años.
Seguramente me sería difícil decir por qué vía llegaban a La Vega —el pequeño pueblo donde había nacido y donde crecí— los corridos mexicanos que contaban cómo Pancho Villa se había enfrentado a los soldados norteamericanos que entraron en México, pero puedo decir sin temor a ser mentiroso que Pancho Villa se convirtió en mi ídolo.
Es muy probable que para entonces yo no supiera una palabra acerca de los fundadores de la República Dominicana, de Duarte, de Sánchez, de Mella; sin embargo sabía bastante de Martí, de Máximo Gómez, de Maceo, y cantaba canciones de la guerra cubana, lo cual tal vez explique qué Pancho Villa se convirtiera para mí en la suma de todos los héroes de Cuba.
En las noches rezaba para que apareciera un Pancho Villa dominicano, alguien que hiciera lo que él hacía en México y lo que Martí, Gómez y Maceo habían hecho en Cuba.
El hombre de hoy viene prefigurado en el niño de ayer.
Quizá yo quiera tan apasionadamente a mi pequeña patria antillana porque cuando tuve conciencia de ella fue a causa de que ya no era una patria sino un dominio, y eso me produjo un dolor vivo, casi indescriptible, que muchas veces me mantuvo despierto largo rato cuando me mandaban a dormir, y velar es difícil para un niño.
Puedo asegurar que a los diez años yo me sentía avergonzado de que Santana, el que anexionó el país a España en 1863, y Báez, el que quiso entregar Samaná a los Estados Unidos, fueran dominicanos.
Al andar de los años aquel dolor y aquella vergüenza se convirtieron en pasión dominicana; y cuando empecé a escribir lo hice con esa pasión, y cuando me tocó ser el líder de un partido político y el Presidente de mi país, tuve buen cuidado de conducirme siempre como un dominicano que tenía el orgullo de su nacionalidad.
Mis relaciones con Kennedy
Cuando me entrevisté con Kennedy en la Casa Blanca, a principios de enero de 1963, observé cuidadosamente a ese hombre joven —demasiado joven, quizá, para ser el Presidente de la nación más poderosa del mundo—; lo observaba mientras yo hablaba y mientras él me hablaba. Vestía con sencillez; no con sobriedad sino con sencillez —zapatos marrón claro, traje gris a rayas perla, corbata de tonos azules, camisa blanca; todo usado, nada nuevo—, como si se hubiera propuesto no ofender la pobreza dominicana con la exhibición, en su persona, de la riqueza norteamericana.
Se comportaba con la naturalidad de un viejo amigo. Pasamos revista a los problemas comunes a su país y al mío; y cuando le dije que los dominicanos pasaban hambre, se movió como si hubiera recibido una herida. Ambos nos mirábamos a los ojos.
Le expliqué que el Consejo de Estado había dado, en forma casi oculta, una concesión de refinería petrolera a una conocida firma norteamericana en condiciones que recordaban los tiempos más floridos del imperialismo de su país, y que yo iba a rescindir ese contrato.
Al mencionarle la palabra imperialismo le vi el dolor en la cara. “Es un punto delicado, pero le ayudaremos”, me dijo. Meses después, la poderosa empresa renunció al contrato.
Por ése y por otros puntos de nuestra conversación, deduje que John F. Kennedy se sentía, él y únicamente él, responsable por los errores que en relación con la América Latina habían cometido los norteamericanos de todas las épocas, desde los días de George Washington hasta los días de Dwight Eisenhower.
Era el caso patético de un gobernante que tenía sensibilidad de místico, lo cual tal vez pueda explicarse por su origen irlandés y su religión católica. ¿Era su complejo de culpa por el mal que hubieran hecho sus compatriotas, y su decisión de enmendar esos males, lo que lo impulsaba a ser un reformador más allá de las fronteras de su país? Quizá; de todas maneras, un místico encarnado en el cuerpo y la mente de un político de gran categoría era un caso poco común en la historia humana.
Yo podía comprender su actitud porque yo sentía como una afrenta personal las debilidades de los entreguistas dominicanos; y quizá por ese sentimiento, que había arrastrado conmigo durante años, podía percibir lo que pasaba en el alma de Kennedy.
Un hombre así no podía hacer diferencia entre el latinoamericano desheredado y explotado y el negro norteamericano maltratado y segregado en su propia tierra. Si tenía esa capacidad de sufrir por los otros, no podía ser un líder limitado a los problemas y los intereses del país que gobernaba; tenía necesariamente que ser una conciencia herida por el dolor de cualquier hombre humillado.
El día en que tomé posesión de la Presidencia, Kennedy me envió un obsequio. Me lo entregó su representante personal en los actos de toma del poder, el entonces Vicepresidente Lyndon B. Johnson. No era nada para mi uso: era una ambulancia para el Pueblo dominicano.
John F. Kennedy murió asesinado, y aunque el mecanismo de la Alianza para el Progreso le haya sobrevivido, el aliento reformador que él le dio al crearla cayó con él en Dallas el 22 de noviembre de 1963. Por eso he hablado de la Alianza en tiempo pretérito.
Tomado del libro del profesor Juan Bosch: «Crisis de la democracia de América en la Republica Dominicana»
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