Con la llegada de el equinoccio de otoño el pasado día 23 de septiembre dejando atrás el pesado verano, que por cierto nos trajo altas temperaturas que nos doblegaron. El otoño en lo adelante nos deparara temperaturas cálidas y un clima lluvioso. Bíblicamente: El otoño es tiempo de sentir el viento fresco del espíritu de Dios. Juan 3: 8. Y

En los próximos días vamos a comenzar a sentir un descenso en la temperatura. El aire comenzará a soplar más fresco y sentiremos la necesidad de ir poniéndonos ropas menos ligeras

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A propósito de otoño, me asalta el recuerdo de un poema de ese gran bate modernista de la lengua hispanoamericana Rubén Darío: «Canción de Otoño en Primavera»

«Renovarse o morir», un dicho popular que nos recuerda que no podemos resistirnos al progreso. Los cambios de etapa nos emocionan, son sinónimo de evolución. Para muchos, los cambios de estación tienen un significado similar…

El poema “Canción de otoño en primavera” de el gran Rubén Darío nos reflexiona relativo a los cambios biológicos que experimentamos los seres vivientes. Es uno de los poemas más famosos del célebre poeta nicaragüense Rubén Darío, máximo exponente, repito, del modernismo hispanoamericano. En él, con un tono general de añoranza, se refiere al tema de la pérdida de la juventud y el sentimiento de melancolía que produce.

El modernismo, corriente literaria de la cual Rubén Darío fue su más destacado cultor, se propuso renovar la literatura en lengua española, y se caracterizó por su perfección formal, un lenguaje preciosista, el empleo de imágenes de gran belleza y el gusto por lo exótico, entre otras cosas.

Poema “Canción de otoño en primavera”

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…

Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y de aflicción.

Miraba como el alba pura;
sonreía como una flor.
Era su cabellera obscura
hecha de noche y de dolor.

Yo era tímido como un niño.
Ella, naturalmente, fue,
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé…

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…

Y más consoladora y más
halagadora y expresiva,
la otra fue más sensitiva
cual no pensé encontrar jamás.

Pues a su continua ternura
una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía…

En sus brazos tomó mi ensueño
y lo arrulló como a un bebé…
Y te mató, triste y pequeño,
falto de luz, falto de fe…

Juventud, divino tesoro,
¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…

Otra juzgó que era mi boca
el estuche de su pasión;
y que me roería, loca,
con sus dientes el corazón.

Poniendo en un amor de exceso
la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad;

y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también…

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer.

¡Y las demás! En tantos climas,
en tantas tierras siempre son,
si no pretextos de mis rimas
fantasmas de mi corazón.

En vano busqué a la princesa
que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!

Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco
a los rosales del jardín…

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…
¡Mas es mía el Alba de oro!

Mi parecer del poema

“Canción de otoño en primavera” es un poema que habla sobre la juventud, sobre las ilusiones y el paso del tiempo.

Es un poema donde la voz poética, desde una edad ya madura, se mueve entre la añoranza del pasado y los viejos amores, y el desencanto ante la vida, que entra en el duro ocaso de la vejez, dejando atrás la juventud.

El propio título recoge dos metáforas muy claras al respecto: la del otoño como ocaso de la vida, como llegada de la vejez, y la de la primavera como juventud, verdor y lozanía de la vida.

Una de las cosas por las cuales el poema es más conocido es por su famoso estribillo, que se repite varias veces, otorgándole gran musicalidad: “Juventud, divino tesoro,/ ¡ya te vas para no volver!/ Cuando quiero llorar, no lloro…/ y a veces lloro sin querer”.

Posee un estribillo que se intercala cada tres estrofas, y que le otorga gran musicalidad: “Juventud, divino tesoro,/ ¡ya te vas para no volver!/ Cuando quiero llorar, no lloro…/ y a veces lloro sin querer”.

Me apasiono con la poesía de Rubén Darío cuando encuentro sus alegóricos versos como estos por ejemplo:

  • “En sus brazos tomó mi ensueño/ y lo arrulló como a un bebé…/ y le mató, triste y pequeño,/ falto de luz, falto de fe…”
  • “Otra juzgó que era mi boca/ el estuche de su pasión/ y que me roería, loca, con sus dientes el corazón”.
  • “Plural ha sido la celeste/ historia de mi corazón”.
  • “Pues a su continua ternura/ una pasión violenta unía./ En un peplo de gasa pura/ una bacante se envolvía…”
  • “Juventud, divino tesoro”.
  • “Era su cabellera obscura/ hecha de noche y de dolor”.”

La Juventud es tratada como si se tratara de un ser animado. Por ejemplo: “Juventud (…),/ ¡ya te vas para no volver!”

Vea también:

Sobre Rubén Darío

Félix Rubén García Sarmiento, más conocido como Rubén Darío, nació en Nicaragua en 1867. Fue poeta, periodista y diplomático. Es considerado el más importante representante del modernismo literario y uno de los poetas más influyentes de la literatura española en el último siglo. Se lo conoce también con el nombre de príncipe de las letras castellanas. En su obra literaria, destacan los poemarios Azul (1888), Prosas profanas (1896) y Cantos de vida y esperanza (1905). Murió en Nicaragua en 1916.

Nota: El primer libro de poemas que llego a mis manos de Rubén Darío fue «Azul» de la mano de Diomedes mi hermano que lo había comprado en la libreria «Santa Clara» de Gladys Espinal (La única librería de Bonao para entonces), por allá a finales de la década de los 60s.

Domingo Nunez