Por Federico Cabrera

Caonabo o Caonabó («Señor de la Casa de Oro») era uno de los cinco caciques principales que había en nuestra isla de Santo Domingo el 5 de diciembre de 1492, cuando llegó la expedición de Cristóbal Colón.

En términos concretos, Caonabo gobernaba el cacicazgo de Maguana, en el centro de la isla.

La fecha de nacimiento de Caonabo se ignora completamente. Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que murió en 1496, mientras era trasladado hacia España, tras ser capturado por el capitán Alonso de Ojeda.

Según el cronista Hernando Colón, el cacique Caonabo era oriundo de la tribu de los belicosos caribes de Barlovento, algo que contribuyó a que fuera temido por los otros caciques de nuestra isla.

En efecto, se dice que Caonabo era muy conocido por sus habilidades para el combate, lo mismo que por su ferocidad.

Caonabo estaba casado con Anacaona («Flor de Oro»), que era hermana de Bohechío, quien era el jefe del cacicazgo de Jaragua cuando llegaron los españoles.

Algunos estudiosos afirman que la sede del cacicazgo de Maguana estaba en el lugar denominado Corral de los Indios, que está en el municipio de Juan de Herrera, en la provincia San Juan. Allí está el principal monumento indígena que se conserva en nuestra isla.

El cacicazgo de Maguana abarcaba, aproximadamente, las actúale provincias San Juan, Elías Piña, Azua, San José de Ocoa, Peravia y San Cristóbal. Además, abarcaba zonas montañosas de las provincias de Santiago, La Vega y Monseñor Nouel.

ACUSACIÓN CONTRA CAONABO

Una leyenda de origen colonial dice que Caonabo recibió la visita de algunos de los 39 hombres que Colón dejó en el fuerte «La Navidad», construido en las proximidades de la capital del cacicazgos de Marién, y que, incitado por Anacaona, su mujer, mató a varios de ellos, incluyendo a Rodrigo de Escobedo y Pedro Gutiérrez.

Sostiene la referida leyenda que, poco tiempo después, Caonabo penetró con un grupo de bravos guerreros al cacicazgo de Marién y mató a los hombres que quedaban en la fortaleza «La Navidad» e incendió la instalación española.

Lo que sí se tiene por cierto es que cuando Colón regresó de España, a finales de noviembre de 1493, en su segundo viaje a nuestro continente, no encontró supervivientes de los 39 hombres que había dejado en la fortaleza «La Navidad» y halló la instalación completamente destruido. Inmediatamente, Colón supo, por el cacique Guacanagarix, que el culpable de la masacre era Caonabo.

Cuenta la historia que tiempos después, cuando los españoles construyeron la fortaleza Santo Tomás, Caonabo se enteró de que los soldados blancos habían dejado en dicha fortaleza era una guarnición muy escasa, y en marzo de 1495 decidió repetir la hazaña que había acometido en el fuerte «La Navidad».

Una noche, al frente de varios miles de guerreros, Caonabo avanzó forzadamente hacia el fortín.

Caonabo pensaba tomar el fuerte por sorpresa, a su estilo, pero los escasos 50 hombres de Alonso de Ojeda obedecieron a una rígida disciplina militar, y el primer ataque indio quedó frenado por los fuegos de algunos arcabuces y un falconete.

Se dice que el ruido y las llamas de las armas españolas hacían más daño que los propios proyectiles.

Los muertos no fueron muchos, pero los indios huyeron despavoridos y en masa.

Caonabo, viendo esto, determinó sitiar la fortaleza, y este asedio duró todo un mes, durante el cual los españoles realizaron diversas salidas en busca de alimentos, aunque para ello tenían que luchar a muerte para salvaguardar sus propias vidas.

También se dice que los combates eran casi continuos, hasta que todos los extranjeros fueron eliminados, el fuerte fue reducido a escombros y Caonabo regresó a Maguana con sus tropas.

LA HAZAÑA DE ALONSO DE OJEDA

Colón sabía que mientras viviera Caonabo su dominio de la isla sería insuficiente, porque los españoles no dejarían de temerle y los indios no se sentirían desamparados en tanto supieran que él podía aparecer un día para acabar con los invasores, como lo hizo la primera vez.

Estudiando a sus capitanes, Colón decidió poner el apresamiento de Caonabo en manos de un capitán llamado Alonso de Ojeda.

Ojeda comprendió que los indígenas tenían un lado flaco: los hombres eran muy respetuosos de sus promesas y tan rectos, que se presentaban como enemigos al que consideraban su enemigo y que no podían admitir que quien se introducía como amigo fuera otra cosa.

Así las cosas, Ojeda fue capaz de engañar a Caonabo: con una sonrisa en la boca, lo acompañó a un baño en un río cercano a la residencia del cacique.

Antes de entrar al agua, Ojeda le dijo al cacique le tenía un regalo especial que le enviaron los reyes de España. Era algo que el cacique debía llevar en los pies.

Luego, el capitán español se bajó y le colocó a Caonabo unas esposas, atándole los dos pies. Hecho esto, Ojeda dio un silbido y de la espesura del bosque bajaron varios soldados españoles, montados en su respectivo caballo, los cuales montaron a Caonabo en una de sus monturas y huyeron con él.

El cacique pronto comprobó que se había transformado en un prisionero de guerra.

Durante el regreso a La Isabela con Caonabo, los españoles tuvieron que esquivar a las indómitas tribus de los poblados por los que pasaban y, cuando se terciaba, cruzaban al galope, lanza en ristre, blandiendo la espada. En las enormes selvas, tenían que abrirse camino por entre las zonas pantanosas, evitando las traicioneras arenas movedizas, y evitando las espantosas hordas de mosquitos casi invisibles que se cebaban contra la milicia.

Finalmente, sucios, sudorosos, y hasta algunos febriles, arribaron los hijos de Iberia a las calles de la primera ciudad hispánica de la América.

Cristóbal Colón, poco dado a alabar los éxitos de sus subordinados, lanzó exclamaciones de asombro sin ningún disimulo cuando se enteró de las proezas de Alonso de Ojeda. Se regocijaba de tener tan de cerca de un caudillo tan astuto y feroz.

En La Isabela, el cautiverio de Caonabo fue con grilletes en una sala de la casa de Colón.

Con el paso de los meses, Colón determinó que no podía condenarlo a muerte, siendo uno de los cinco caciques principales de la isla, y resolvió llevarlo a España para que se presentara ante los Reyes Católicos.

Fray Bartolomé de las Casas explica que se mandó a Caonabo en una flota que partiría del puerto de La Isabela en 1496, produciéndose entonces un huracán que hundió, en el mismo puerto, el barco donde viajaría el cacique, provocando que el mismo muriese ahogado.

Sin embargo, Hernando Colón afirma que la muerte de Caonabo se debió a su carácter indómito, lo que le llevó a morir de rabia y tristeza en su cautiverio en el propio barco.

De todos modos, así terminó la existencia física del más temido de los caciques de nuestra isla a la llegada de los españoles en 1492.

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