Los seres humanos más insípidos hicieron posibles los mayores crímenes de la historia humana. Son los arribistas. Los burócratas. Los cínicos. Realizan las pequeñas tareas que hacen que vastos, complicados sistemas de explotación y muerte se conviertan en realidad.

Existen para que funcionen los sistemas corporativos. Si las compañías de seguros abandonan a decenas de millones de enfermos para que sufran y mueran, que así sea. Si los bancos y los departamentos de alguaciles expulsan a familias de sus casas, que así sea. Si las empresas financieras roban los ahorros de los ciudadanos, que así sea. Si el gobierno cierra escuelas y bibliotecas, que así sea. Si militares asesinan niños en Pakistán o Afganistán, que así sea. Si unos especuladores de productos básicos aumentan el coste del arroz, del maíz y del trigo hasta que sean inasequibles para cientos de millones de pobres en todo el planeta, que así sea. Sirven al sistema. Al dios del beneficio y la explotación.
La fuerza más peligrosa en el mundo industrializado no proviene de los que albergan credos radicales, sea radicalismo islámico o fundamentalismo cristiano, sino de legiones de burócratas anónimos que trepan por la maquinarias corporativas y gubernamentales. Sirven cualquier sistema que satisfaga su patética cuota de necesidades.
Esos administradores de sistemas no creen en nada. No conocen la lealtad. No tienen raíces. No piensan más allá de sus ínfimos e insignificantes roles. Son ciegos y sordos. Son terriblemente analfabetos, al menos respecto a las grandes ideas y modelos de civilización e historia humanas. Y los producimos en universidades. Abogados, tecnócratas, especialistas empresariales. Gerentes de finanzas. Especialistas en tecnología de la información. Consultores. Ingenieros petroleros. “Psicólogos positivos”. Especialistas en comunicaciones. Cadetes. Vendedores. Programadores. Hombres y mujeres que no saben de historia, que no saben de ideas. Viven y piensan en un vacío intelectual, un mundo de menudencias embrutecedoras. Son “los hombres huecos” de T.S. Eliot, “los hombres rellenos”, “figuras sin forma, sombras sin color”, escribió el poeta. “Fuerza paralizada, ademán sin movimiento”.
Fueron los arribistas los que hicieron posibles los genocidios, desde la exterminación de los americanos nativos a la matanza de armenios por parte de los turcos, del Holocausto nazi a las liquidaciones de Stalin. Fueron los que mantuvieron en funcionamiento los trenes. Rellenaron los formularios y dirigieron las confiscaciones de propiedades. Racionaron los alimentos mientras los niños morían de hambre. Fabricaron las armas. Dirigieron las prisiones. Impusieron restricciones de viajes, confiscaron pasaportes y cuentas bancarias e impusieron la segregación. Hicieron cumplir la ley. Hicieron su trabajo.
Arribistas políticos y militares, respaldados por especuladores con la guerra, nos han llevado a guerras inútiles, incluida la Primera Guerra Mundial, Vietnam, Iraq y Afganistán. Y millones los siguieron. Deber. Honor. Patria. Carnavales de la muerte. Nos sacrifican a todos.
En las fútiles batallas de Verdún y la Somme en la Primera Guerra Mundial, 1,8 millones resultaron muertos heridos o jamás encontrados en ambos lados, A pesar de los mares de muertos, en julio de 1917 el mariscal de campo británico Douglas Haig condenó a aún más personas en el fango de Passchendaele. En noviembre, cuando era obvio que su prometida ofensiva de penetración en Passchendaele había fracasado, se deshizo del objetivo inicial –como lo hicimos en Iraq cuando resultó que no había armas de destrucción masiva y en Afganistán cuando al Qaida abandonó el país– y optó por una simple guerra de desgaste. Haig “vencería” si morían más alemanes que tropas aliadas. La muerte como tarjeta de puntuación. Passchendaele costó 600.000 vidas a ambos lados del frente antes de terminar. No es una historia nueva. Los generales son casi siempre bufones. Los soldados siguieron a Juan el Ciego, que había perdido la vista una década antes, hacia una resonante derrota en la Batalla de Crécy en 1337 durante la Guerra de Cien Años. Solo descubrimos que los líderes son mediocres cuando es demasiado tarde.
Esta es la explicación del motivo por el cual nuestras elites gobernantes no hacen nada respecto al cambio climático, se niegan a responder racionalmente a la crisis económica y son incapaces de encarar el colapso de la globalización y del imperio. Estas son las circunstancias que interfieren con la propia viabilidad y sustentabilidad del sistema. Y los burócratas solo saben cómo servir al sistema.
Conocen solo las habilidades administrativas que ingirieron en West Point o en la Escuela de Negocios de Harvard. No pueden pensar por su propia cuenta. No pueden desafiar suposiciones o estructuras. No pueden reconocer intelectual o emocionalmente que el sistema puede hacer implosión. Y por lo tanto, hacen lo que Napoleón advirtió que era el peor error que un general puede cometer: pintar un cuadro imaginario de una situación y aceptarlo cómo real. Pero ignoramos despreocupadamente la realidad junto con ellos. La manía por un fin feliz nos ciega. No queremos creer lo que vemos. Es demasiado deprimente. Por lo tanto, nos retiramos hacia el auto-engaño colectivo.
En la monumental cinta documental de Claude Lanzmann, Shoah, sobre el Holocausto, entrevista a Filip Müller, un , checo que sobrevivió las liquidaciones en Auschwitz como miembro del “equipo especial”. Müller relata esta historia:
Un día en 1943 cuando ya estaba en el Crematorio 5, llegó un tren de Bialistok. Un prisionero en el ‘equipo especial’ vio a una mujer en la ‘sala de desvestirse’ quien era la esposa de un amigo suyo. Salió inmediatamente y le dijo: ‘Vais a ser exterminados. En tres horas seréis cenizas.’ La mujer le creyó porque lo conocía. Corrió por todo el lugar y advirtió a las otras mujeres. ‘Nos van a matar. Vamos a ser gaseados’. Las madres que llevaban sus hijos sobre sus hombros no querían oír algo semejante. Decidieron que la mujer estaba loca. La ahuyentaron. Fue donde los hombres. No sirvió para nada. No es que no le hayan creído. Habían oído rumores en el gueto de Bialystok, o en Grodno, y otros sitios. ¿Pero quién quería creer algo semejante? Cuando vio que nadie escuchaba, rasguñó toda su cara. Por desesperación. En choque. Y comenzó a gritar.
Los prisioneros eran simples objetos. Bienes. “Era mi profesión” dijo. “Me gustaba. Me satisfacía. Y sí, era ambicioso al respecto, no lo niego”. Cuando Sereny preguntó a Stangl cómo siendo padre podía matar niños, respondió que “pocas veces los veía como individuos. Siempre se trataba de una inmensa masa… Estaban desnudos, apiñados, corrían, eran impulsados con látigos…”. Después dijo a Sereny que cuando leía sobre ratas campestres le recordaban Treblinka.
La doctora Ella Lingens-Reiner escribió en Prisioneros del miedo, su abrasador recuerdo de Auschwitz, que “para mí los tipos más repugnantes de la SS eran los cínicos que ya no creían auténticamente en su causa, pero que seguían acumulando su culpabilidad sangrienta por sí misma”. “Esos cínicos no eran siempre brutales con los prisioneros, su conducta cambiaba según su humor. No tomaban nada en serio – ni a sí mismos ni a su causa, ni a nosotros, ni nuestra situación. Uno de los peores era el doctor Mengele, el Doctor del Campo que he mencionado anteriormente. Cuando un grupo de judíos recién llegados eran clasificado entre los adecuados para el trabajo y los adecuados para la muerte, silbaba una melodía y movía rítmicamente su dedo pulgar hacia su hombro derecho o izquierdo – con lo que quería decir ‘gas’ o ‘trabajo’. Pensaba que las condiciones en el campo eran pésimas, e incluso hizo algunas cosas para mejorarlas, pero al mismo tiempo cometía crueles asesinatos, sin ningún escrúpulo”.
Destruyen el ecosistema, la economía y la política y convierten a trabajadores y trabajadoras en siervos empobrecidos. No sienten nada. La candidez metafísica termina en el asesinato. Fragmenta el mundo. Pequeños actos de bondad y caridad disimulan el monstruoso mal que instigan. Y el sistema sigue adelante. Los casquetes polares se funden. Las sequías destruyen los cultivos. Los drones matan desde el cielo. El Estado se mueve inexorablemente para encadenarnos. Los enfermos mueren. Los pobres mueren de hambre. Las prisiones se repletan. Y el arribista, sigue adelante, haciendo su trabajo.
