Vivimos en una sociedad marcada muy profundamente por las extremas desigualdades que conlleva el desarrollo de un capitalismo periférico entregado completamente a la voracidad de las transnacionales, a los abusos sistemáticos de su propia «lumpenburguesía» [1] y a la exclusión política sancionada por el sistema institucional amarrado y amordazado que nos dejó como herencia la dictadura.
Más allá de nuestras fronteras, el dominio mundial de las transnacionales y de los poderosos Estados que las respaldan, reproducen a una escala gigantesca el cuadro de explotación, desigualdad, exclusión, opresión, desinformación y violencia permanente que caracteriza al capitalismo contemporáneo. Las reacciones defensivas que los pueblos logran generar son sistemáticamente desacreditadas y condenadas por el monopólico aparato de desinformación que opera a través de los medios de comunicación masivos, siendo catalogadas como amenazas al «orden internacional» y a su seguridad por las grandes potencias imperialistas.
El…
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