El mejor homenaje al Apóstol nuestro que está, es dedicar unos minutos del día a verificar si nuestros actos cotidianos son dignos de alguien que vive en Martí.
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Gana más cada individuo al aplicar las enseñanzas del Apóstol que si cita frases de memoria de su obra. Hay que leerlo mucho, y ejercitarlo más. Innumerables son los caminos que conducen a la savia del Maestro, pero lo más importante es la transformación que ocurra en uno tras devorar miles de sus cuartillas, incluidas sus epístolas, imprescindibles para entenderlo de carne y hueso. Alguien contó a Prensa Latina que en un taller martiano se leyó a los niños varios textos del escritor paradigmático, como el primero de sus Versos Sencillos: «yo soy un hombre sincero». La testigo comentó que los pequeños aquel día confesaron a sus padres varias de sus mentiras piadosas. Los progenitores, asombrados, llamaron a la escuela para saber qué le habían dicho a sus hijos. Todos, al saber lo ocurrido, quedaron sorprendidos con el efecto mágico de Martí. Si cambios como esos lo experimentaron «los que saben querer» y quienes son «la esperanza del mundo», como definió el Maestro a los infantes, entonces todo su tiempo invertido en vivir y morir con luz en la frente habría tenido sentido. ¿Cuánto no tendríamos que aprender los mortales de él cuando se nos sube el ego a la cabeza? ¿Acaso olvidamos que aquel comunicador de altos quilates decidió echar su suerte con los pobres de la tierra? ¿Obviamos por instante a quien escuchó atento a los veteranos de la guerra de los Diez Años (1868-1878)? ¿O borramos de la memoria al que tomó nota en su Diario de Campaña sobre la sabiduría de los guajiros cubanos? Sería bueno que cada persona se propusiera descubrir «en vivo y en directo» al guía de tantas generaciones. Debemos aprender de su virtud para sumar voluntades y multiplicar afectos. Martí es inabarcable y todo futuro, como sostuvo el estudioso Cintio Vitier, fallecido en 2009 a los 88 años, después de tantos años bebiendo de la savia del inmortal. En tantos artículos y crónicas memorables que esparció por periódicos decimonónicos se revela un mismo propósito: contribuir a la redención personal de los humanos y al equilibrio de la Patria Grande (la América desde México hasta Argentina y Chile), y el mundo. Su prédica constante fue convocar a los seres a crecer hasta la estatura de los buenos como su Meñique de La Edad de Oro, revista siempre joven y nacida en julio de 1889 en Nueva York. «Sin defender no sé vivir», confesó a su queridísimo amigo mexicano Manuel Mercado. Él, perfecto enamorado de la vida, murió en combate «de cara al sol», como poetizó en sus Versos Sencillos y «en el campo de batalla», según la profecía en su poema dramático «Abdala», escrito cuando iba a cumplir 16 años. El mejor homenaje al Apóstol nuestro que está, es dedicar unos minutos del día a verificar si nuestros actos cotidianos son dignos de alguien que vive en Martí.
*Corresponsal de Prensa Latina en Guatemala. arb/rsm
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