Lo novedoso es generalmente rechazado alegando las «condiciones» especiales de nuestra situación, sin elaborar en qué consisten.

Solo hay que recordar el trabajo que dio vender la idea de que bajando los impuestos se aumentaría la recaudación. A pesar de que ha resultado así desde la reforma tributaria, todavía hablar de bajar las tasas impositivas encuentra un muro de rechazo solo explicable por la fuerza de valores tradicionales muy enraizados en nuestra sociedad.

Nadie se arriesga con las ideas nuevas. Por eso, cuando alguien se lanza y crea un nuevo negocio o una nueva forma de hacer las cosas, aparecen mil imitadores, porque hasta que no vemos que algo funciona y que otro ha asumido los riesgos, no nos atrevemos.
Por eso, en el país hay poca innovación, poca investigación y muy limitado campo para la invención. Por supuesto, la deficiente educación es causa de estas limitaciones, pero lo es también un clima social que conspira contra lo nuevo.
Por eso, el debate nunca es sobre cómo mejorar las cosas con nuevas intuiciones, sino sobre subsidios, exenciones, evasiones y temas de cómo mantener el status quo, nunca de cómo avanzar hacia convertir el país en una nación más justa con todos sus hijos.
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